LUGARES ARQUEOLÓGICOS EN ESPAÑA

YACIMIENTO DE CERRO DE LA ENCINA

El Yacimiento Arqueológico del Cerro de la Encina se localiza en el municipio de Monachil, (Granada). Se trata de un poblado de la Edad del Bronce que dominó la vega del río Monachil y la de Granada entre el 2.000 y el 900 a.C. Ocupó la mayor parte del cerro en el que se encuentra, incluida la ladera situada al norte, alrededor de la depresión central, aunque solo se ha excavado una pequeña parte.

Las primeras excavaciones arqueológicas se realizaron en 1922, exhumando diversos enterramientos, que encuadraban el yacimiento, cultural y cronológicamente, en la Cultura de El Argar. Las intervenciones entre 1968 y 1983 permitieron definir dos momentos culturales diferenciados en la ocupación del cerro: Bronce Pleno Argárico y Bronce del Sureste, con una fase de abandono entre ambos. Las estructuras encontradas, en espera de un proyecto global de consolidación, aparecen en su mayoría cubiertas con lonas, para evitar su deterioro, salvo el bastión de la Zona A, que sí fue objeto de labores de restitución y conservación.

El llamado «bastión» del Cero de la Encina es una estructura fortificada que ocupa la meseta central y más sobresaliente del cerro. Con unas medidas de 14 x 20 m, tuvo originalmente dos puertas, una al sur y otra al este, y seguramente una plataforma superior de madera apoyada en postes que permitiría circular por el muro. Fue construido en torno al 1.800 a.C., por encima de otras dos estructuras anteriores que sucesivamente ocuparon el lugar. Su función tenía que ver con el control territorial, ya que domina visualmente buena parte del entorno, pero también con el uso colectivo de un espacio de importancia comunal para el poblado. En sus inmediaciones se almacenarían reservas importantes para los habitantes: contenedores de grano o animales. Tras varios grandes incendios que asolaron el edificio, el interior del bastión se niveló y apisonó, se realzaron algunos muros, y la puerta sur quedó inutilizada por un gran amontonamiento de piedras y huesos de animales, sobre todo caballos. El número de restos de estos últimos es el más alto de toda la Prehistoria europea, lo que indica la importancia que tuvo la cría de caballos en la economía del poblado.

Su urbanismo es el propio de la Cultura Argárica: se crearon terrazas artificiales con muros de contención, sobre las que se disponen viviendas de planta más o menos rectangular con algunas divisiones internas. Estrechos pasillos de circulación aprovechan los espacios entre casas y muros de contención, o incluso las techumbres. Se empleó la piedra del lugar para la base de los muros, realzados con ramas y barro, y techumbres de ramaje, igualmente impermeabilizadas con barro. En el suelo aparecen hoyos de los postes de madera que darían solidez a muros y cubiertas.

Como es característico en la Cultura Argárica, las sepulturas se efectuaban en el interior de las viviendas, bajo el suelo de habitación. Pueden consistir en simples fosas excavadas en el terreno, covachas cerradas por losas de piedra o muretes de mampostería, o cistas construidas con lajas de piedra. El cuerpo se acompaña de un ajuar de objetos personales y vasos de cerámica, a veces con ofrendas alimentarias. Los ajuares presentan diferencias de riqueza, reflejando seguramente las desigualdades sociales que en vida tuvieron los individuos, lo que nos habla de una sociedad jerarquizada.