LUGARES ARQUEOLÓGICOS EN ESPAÑA

POBLADO ARGARICO LA BASTIDA

La Bastida de Totana es un yacimiento arqueológico perteneciente a la cultura argárica situado en el municipio de Totana, en la Región de Murcia. Está ubicado sobre un cerro de perfil cónico a unos 6 km al oeste de la localidad de Totana y fue ocupado entre aproximadamente 2200 y 1550 a.C. Se trata de uno de los poblados más extensos (4,5 Ha. como mínimo) de los inicios de la Edad del Bronce en Europa continental y está considerado como uno de los asentamientos más importantes de la Prehistoria reciente europea. Se localiza en las estribaciones de las sierras de La Tercia y Espuña, sobre un cerro escarpado a 450 msnm en la confluencia de la Rambla de Lébor y el Barranco Salado.

Si bien en la época prehistórica contaba con bosques de ribera más o menos densos, en el periodo argárico se inició un proceso de transformación antrópica del entorno natural que conllevaría consecuencias irreparables. La actividad continuada durante casi 700 años de la tala de los bosques para el suministro de combustible y la creación de campos de cultivo y pastos para el ganado provocaron un impacto en el medioambiente que se agravó en tiempos históricos.

Las excavaciones realizadas desde 2009 han permitido identificar tres fases de ocupación principales, algunas de las cuales registran subdivisiones internas.

∗ Fase I (2200 –2000 a.C.): los primeros testimonios de ocupación humana están representados por un número elevado de pequeñas cabañas de perímetro curvilíneo, construidas a base de barro y postes de madera. Ninguna de estas cabañas ha conservado su perímetro íntegro debido a que fueron parcialmente destruidas por la construcción de los edificios posteriores y por procesos erosivos. Todas ellas aparecen amortizadas mediante un horizonte de incendio. Las observaciones estratigráficas realizadas no permiten asociar tumba alguna a esta fase de ocupación del asentamiento. Entre los hallazgos artefactuales más numerosos destaca la cerámica, con una presencia importante de pastas de color amarillento y morfologías que recuerdan a producciones de tradición calcolítica. Cabe destacar también patrones de decoración cerámica a base de series de triángulos incisos rellenos de puntos, con paralelos en el yacimiento de Lugarico Viejo, coetáneo en esta época. La cerámica campaniforme está ausente. Además de las cabañas, un número menor de edificios más espaciosos, construidos con muros rectos de piedra, pudo desempeñar funciones de carácter comunitario. Entre estas construcciones figura un sistema de fortificación monumental y original.

∗ Fase II (2000 –1850 a.C.): durante la segunda fase de ocupación las cabañas dejaron de ser habitadas y, en su lugar, se levantaron edificios de piedra. Se produjo con ello la implantación de los elementos propios de la arquitectura y del urbanismo argárico, es decir, edificaciones de planta alargada y muros rectos de piedra que se disponen sobre terrazas artificiales en ladera. Las primeras tumbas conocidas en La Bastida datan de esta fase así como una producción cerámica tipificada en las pastas y la morfología argáricas. Cabe destacar la habilitación de una balsa de grandes dimensiones, situada a cotas bajas aprovechando un área de menor pendiente.

∗ Fase III (1850 –1600/1550 a.C.): esta fue la fase de mayor extensión y apogeo. Un tupido entramado urbano cubrió toda la superficie del cerro, compuesto por grandes casas construidas en terrazas y separadas a veces por angostos accesos de menos de un metro de amplitud. La misma implantación urbana fue respetada hasta el abandono de La Bastida, al margen de algunas refacciones arquitectónicas de menor envergadura.

Hacia 1600/1550 a.C. La Bastida fue abandonada en condiciones aparentemente pacíficas, a juzgar por la ausencia de niveles de incendio u otras evidencias que pudieran sugerir un abandono por destrucción. Tras el cese de la ocupación argárica, sólo se documentan frecuentaciones esporádicas en época romana y medieval.

Los trabajos de campo han permitido excavar en torno a 6000 m² distribuidos entre la cima del cerro —muy erosionada y afectada por labores de repoblación forestal—, la ladera media oriental, el piedemonte sureste y la zona contigua al Barranco Salado. Dichas labores han permitido recuperar los restos de 83 edificios, 88 tumbas, un sistema de fortificación y una gran balsa, que se añaden a los restos recuperados en las intervenciones previas.

A lo largo de los casi siete siglos de ocupación, el asentamiento sufrió reestructuraciones y renovaciones arquitectónicas. La fase más importante (fase III) mostraba una trama urbana basada en una densa red de edificios de planta rectangular, trapezoidal o absidal, cuyas superficies oscilan entre 10 y más de 70 m² y donde se distribuían las actividades de producción, almacenamiento y consumo. Las construcciones se asientan sobre la roca madre o sobre estratos de formación coluvial que cubrieron los derrumbes de las estructuras de las fases previas. Sus paredes estaban levantadas en piedra y revocadas con una capa de argamasa que contenía cal en diversas proporciones. Los edificios ocupaban terrazas artificiales dispuestas paralelamente a lo largo de las laderas del cerro, hallándose en ocasiones separados por angostos accesos de menos de un metro de amplitud. Los muros se han conservado en algunos casos hasta una altura de 1,5 m y 10 hiladas, y presentan anchuras medias de 0,60 – 0,80 m. Los paramentos se adaptan puntualmente para acoger postes de madera a modo de pilastras de refuerzo, aunque no resultan extraños los postes exentos, sobre todo junto a las intersecciones entre tramos de pared. Los tabiques internos son escasos, mientras que las infraestructuras habituales incluyen pisos acondicionados, hornos u hogares y banquetas de formas y tamaños variados, enlucidas o no con una capa de arcilla amarilla (greda). Hasta el momento, este tipo de edificios se han encontrado en el piedemonte y la ladera media.

Pese al deterioro erosivo que ha sufrido la cima de La Bastida, en ella se han descubierto los restos de una construcción monumental, de la que se conserva un tramo de muro de 1,90 m de anchura.

El elemento arquitectónico más emblemático hallado hasta el momento en La Bastida es el sistema de fortificación localizado al norte del área de habitación del piedemonte. El primer elemento en ver la luz fue una línea defensiva («Línea 1»), formada por lienzos de muralla de hasta 3 m de anchura, a cuyo exterior se adosan cinco torres macizas de perfil troncopiramidal. Promedian unos 4 m de anchura y se proyectan entre 3 y 3,50 m respecto a la cara externa de los lienzos de muralla. Las torres nº 1 a 4 están separadas por distancias de entre 2,80 y 4,70 m. Teniendo en cuenta el volumen de las piedras en los estratos de derrumbe excavados en el exterior, la altura original de la Línea 1 habría sido de 5 m. Hasta la fecha, su trazado ha podido documentarse a lo largo de 45 m, desde el punto más bajo muy cerca del barranco Salado y siguiendo pendiente arriba de forma casi perpendicular al curso de este. Si proyectamos este trazado hasta alcanzar y rodear la cima del cerro, la Línea 1 habría podido rebasar los 300 m, salvando desniveles de en torno al 40 %.

Casi en paralelo respecto a la Línea 1 apareció una segunda línea de muralla («Línea 2»). Esta línea posee dos bastiones cuyo perímetro presenta una forma de cuarto de círculo y algo menos de 3 m de anchura. Ambas líneas definen una entrada estrecha, que sufrió varias modificaciones constructivas a lo largo de su uso. En todas ellas dispuso de postes de madera para encajar el portón y, a la vez, consolidar los muros laterales y sustentar posibles altillos de madera. La entrada da paso a un corredor o pasillo al aire libre que fue rellenándose de sedimentos, residuos variados y materiales constructivos a lo largo del tiempo.

La Línea 2 se asocia a una torre troncopiramidal de 4 m de anchura, conservada en una altura de 2,5 m. En su cara oriental se abre un hueco cuyo contorno traza un arco apuntado de 1,5 m de altura y 0,85 m de anchura en su base. Pese a que la excavación del sedimento interior no ha concluido y, por tanto, no es posible ofrecer un diagnóstico concluyente, el hueco asemeja el de una poterna, es decir, el de una puerta secundaria con un posible uso defensivo.

Las dataciones de Carbono-14 indican que la fortificación se encontraba ya en pie hacia 2200 – 2100 a.C. Su antigüedad y el alzado conservado de muros y torres convierten este hallazgo en uno de los más importantes de la arqueología europea de los últimos años. El trazo de la muralla y sus cualidades poliorcéticas (p. ej., el uso de una poterna) son inéditos en la península ibérica e incluso en la Europa continental de ese tiempo; lo cual sugiere una posible incidencia proveniente del Oriente del Mediterráneo en la fundación del asentamiento.

Otra construcción monumental, en este caso en la ladera baja sureste, está representada por una balsa de gran tamaño. En un momento de su uso, en el extremo norte se construyó un muro de cierre rectilíneo, a modo de dique, de 21 m de longitud, una media de 3 m de anchura y 1,70 m de altura conservada. Con capacidad superior a 300.000 litros, su emplazamiento alejado de la «acrópolis» y el hecho de carecer de estructuras de techado la diferencia de la mayoría de las estructuras argáricas interpretadas como cisterna en asentamientos como El Oficio, Fuente Álamo, El Castellón Alto, La Illeta dels Banyets. Tan solo la estructura de Peñalosa podría mantener paralelos con la de La Bastida. Parece probable su uso como balsa o embalse destinado a retener agua para variados usos domésticos y artesanales.

El asentamiento de La Bastida ocupó en su momento de auge unos 45.000 m², constituyendo, hasta el momento, el asentamiento argárico de mayor envergadura excavado sistemáticamente. El tamaño y la densidad de los edificios han permitido estimar la población en unos 1000 habitantes, concentración demográfica sin precedentes. Si a ello le sumamos la construcción de la fortificación así como otras construcciones monumentales como la balsa, se puede concluir que el asentamiento en La Bastida supuso una planificación del área de habitación y la aplicación de conocimientos prácticos de arquitectura y de ingeniería.

Se han documentado un total de 237 tumbas. El ritual de enterramiento argárico se caracteriza, en primera instancia, por la inhumación bajo el suelo del área habitada. Se trata de sepulturas de inhumación que acogen uno o, con menos frecuencia, dos cadáveres, en el interior de recipientes cerámicos, cistas (o «cajas») de piedra, pequeñas cuevas artificiales («covachas») y fosas, simples o revestidas de piedras. Los cuerpos acostumbran a colocarse en posición fetal sobre uno de los costados, aunque en algunos casos el cuerpo se dispone en posición supina con las piernas ladeadas. Con frecuencia, junto a los cadáveres se depositaron ofrendas de composición variable. Dichas ofrendas suelen incluir recipientes de cerámica y elementos de ajuar como armas, útiles y adornos de metal, hueso y piedra, y, en ocasiones alguna porción cárnica, casi siempre de cabra u oveja. Los ajuares funerarios que acompañan a los difuntos son claramente diferenciados en caso de ser hombres o mujeres.

En La Bastida, la mayor parte de tumbas se realizaron en urnas. De estas, las de forma 4, según la tipología de Luis Siret, son las más numerosas, seguidas en un porcentaje muy inferior por las formas 2 y 5, en las que acostumbraban a inhumar individuos infantiles. En varias ocasiones se han documentado contextos con elementos típicamente funerarios (urna bajo el suelo acompañada de ofrendas), pero sin evidencia de restos esqueléticos humanos. Estos contextos representarían, por tanto, cenotafios.

Si bien la mayor parte de las sepulturas corresponden a inhumaciones individuales, en las ocasiones en las que se usa un mismo contenedor funerario para dos individuos se cumple la tendencia habitual argárica de encontrar dos personas adultas de distinto sexo, o bien un adulto (hombre o mujer) con un infantil, o bien dos infantiles. La tumba 18 constituye una excepción a la norma, al contener los restos de dos hombres, cuyo ajuar estaba compuesto por una vasija carenada exterior a la urna, un cuenco con granos de cebada, un hacha y un puñal de tres remaches de cobre, un pendiente de plata y dos porciones de cabrito.

Las diferencias en el ajuar funerario permitieron identificar la existencia de clases sociales en la sociedad argárica representadas todas ellas en el conjunto funerario de La Bastida. En este caso, el predominio de las sepulturas con ajuar frente a las que carecen de ofrendas, así como la relativa frecuencia de objetos característicos de las categorías sociales intermedias, como punzones, cuchillos, puñales y hachas de cobre, puede indicar el peso en La Bastida de súbditos con derechos sociales, pertenecientes a una clase intermedia.